13 abril 2017

PFQMG - Cap. 21. Cómo comenzó nuestro final

***Penúltimo capítulo ya :)


Rita

La hermana mayor de Key está loca si cree que voy a salir de su habitación luciendo de la manera en la que luzco.
Jamás. Ni en un millón de años. Ni aunque la tierra se seque y el hombre tenga que reproducirse con varias palmeras… ¡nunca!
Pero entonces ella dice una frase que juega con mi mente y me deja al borde de un colapso: “Es probable que Key quede como estatua al verte, dudo que algún día pueda borrar tu imagen de su cabeza si usas ese vestido”
Y sigo todavía pensando en si debo o no abandonar su habitación luciendo así, pero sobra decir que Pam hizo un trabajo impecable al maquillarme y elegir el vestido por mí.
Su gusto es grandioso y eso se lo reconozco bien.
Toda la tarde la pasamos juntas; ella intentando que usara alguno de los cortos vestidos que elegía para mí, y yo intentando persuadirla sobre lo que una chica considera impropio de llevar en una fiesta “familiar”. Al final ella ganó la batalla y me llevo directo a su casa, escogiendo para mí un vestido realmente corto, de color rojo cereza, con una silueta demasiado ajustada y un escote de hombros caídos que ella misma se ofreció a pagar. Escogió también los zapatos, o mejor dicho las botas negras super sexys de tacón alto que llegaban casi a mis rodillas y que gritaban “perra ardiente” por todos lados.
Eso, combinado con las horas que ella se dedicó a maquillarme, lograron que luciera irreconocible.
Así que sí, lo admito: me veo bien. ¿El problema? ¡El vestido es demasiado corto y ajustado para mi propia comodidad! Jamás, nunca de los jamases y de los nunca, usaría el vestido frente a tanta gente como sé que habrá esta noche.
—Es una pequeña y privada fiesta —dice Pam, retocando su cabello y el de su hermana menor mientras yo no dejo de quejarme—. Casi nadie te va a ver. Además, luces ardiente.
—Más que ardiente —añade Eileen—. Solo te falta portar un arma en tu muslo, y podrías parecerte a Angelina Jolie en esa película donde es mafiosa y perseguida por la policía.
Niego con la cabeza, tratando de sentarme en una orilla de la cama.
—El vestido es tan corto que, si me siento —digo, irritada— se sube más allá de mis muslos.
Pam se encoge de hombros.
—Entonces procura no sentarte.
Resoplo con fuerza.
—¡Esa no es la solución!
—Rita —dice Eileen con un suspiro—. Te ves absolutamente impresionante. Vas a dejar sin aire a la mitad de la población masculina que asista a esta fiesta.
—¿Solo la mitad? —pregunto.
Eileen asiente con la cabeza.
—Sí, la otra mitad de la población masculina está interesada en más población masculina, no femenina.
—Oh.
—Sí, ahora deja de tonterías que luces muy bien.
Suspiro en voz alta.
—Pero, no puedo respirar hondo —admito después de unos minutos. Pam y Eileen modelan su ropa para mí, ambas luciendo fantásticas—. Este vestido es demasiado ajustado y si respiro con normalidad siento que mi estómago va a salir y saludar a todos los invitados.
—No exageres —dice Pam—, te ves deslumbrante. Mi hermano va a babear hasta llenar una piscina completa.
Niego con la cabeza, aguantando la respiración.
Pam aprovecha para aplicarse algo de labial frente al espejo de cuerpo entero que tiene en su habitación.
—Tampoco ayuda que esté usando estos zapatos —me quejo, levanto uno de mis pies para señalarles lo alto del tacón y lo sensuales que lucen mis piernas con las botas al estilo dominatrix—. Yo ya soy alta, ¿por qué usar estos? Además, parece que solo me falta el látigo y las medias de red para completar el estilo completo.
—Rita —suspira Pam, dejando de aplicar el lápiz labial color coral en sus labios—. No importa cuán alta seas, siempre tienes que usar zapatos de tacón porque realzan tu figura, te hacen ser más femenina. Y en cuanto al vestido, tienes buen cuerpo como para usarlo.
—¡No tengo ni siquiera espacio para mi navaja! —me quejo, exasperada.
Eileen eleva una ceja al escucharme.
—Definitivamente estás loca —dice—, pero en el buen sentido. Creo que me caes más que bien.
—¿Gracias?
—En fin —dice ella, arreglando el dobladillo de su vestido blanco y negro—. Voy bajando para ver quienes llegaron ya a la fiesta. Y, ¿Rita? Inhala y exhala, tu rostro se está poniendo morado por contener la respiración.
Asiento con la cabeza, haciendo como ella me dice.
Una vez que Eileen sale de la habitación, Pam me toma del codo y me arrastra hacia el mismo espejo en donde se estaba maquillando minutos atrás.
—Mírate —dice ella; entonces yo me miro, aunque ella me obliga a examinarme de pies a cabeza—. Luces como una diosa, ahora deja de quejarte por lo corto del vestido y disfruta restregándole en la cara a la tía Morgan que tienes una figura espectacular y que ella ya la perdió.
—No me interesa impresionar a tu tía la loca —aclaro.
—Yo sé, entonces hazlo por Key. ¿No te gustaría dejarlo sin habla por al menos unas horas?
Suspiro en voz alta, sabiendo que terminaré cediendo tarde o temprano. La verdad es que luzco genial, y si alguien se quiere aprovechar porque cree que soy indefensa, puedo usar mis nuevas botas para patear justo en sus genitales.
—De acuerdo —digo—. Tienes razón, solo estoy siendo paranoica. Nunca he usado nada como esto.
 —Y deberías estarlo… Ten por seguro que Mia vendrá.
—¿Qué?
Me giro para verla a la cara.
—Lo que oíste —me dice—. Mia nunca se va a perder una fiesta de cumpleaños de Key, mucho menos cuando ellos tienen un ritual imperdible para cada fiesta.
—¿Cómo? ¿Cuál ritual? ¿Por qué se te ocurre decirme esto hasta ahora?
Pam se acerca al espejo y sigue aplicando el labial coral que aplicaba anteriormente.
—Siempre, en cada cumpleaños y en cada fiesta de celebración que hacemos para él —dice ella— Key da un pequeño discurso de agradecimiento para los invitados que asistieron y por los regalos que recibe. Mia siempre es llamada a su lado y, sin falta, él le da un beso en la frente y luego en la mejilla… por último la besa en los labios.
Frunzo el ceño, resoplando ante sus palabras.
—Este año será distinto —aseguro—. Key no va a besarla ni a llamarla, dudo mucho que lo vaya a hacer estando yo presente. Eso no me preocupa.
Pam se encoje de hombros.
—Deberías —dice ella mientras junta sus labios para equilibrar la cantidad de labial entre ellos—. Resulta que Mia tiene otras dos hermanas, una de ellas se llama Rosie y la otra se llamaba Emilia. Emilia se suicidó hace ya varios años…
Ella queda en silencio, pensativa por unos instantes, su mirada perdida en la nada.
—Eso es trágico —digo—. Lo siento mucho por ella.
Pam parpadea un par de veces hasta que sus ojos se enfocan nuevamente en los míos.
—Esa no es toda la historia —dice—. Sucede que Emilia se suicidó en esta fecha, la misma del cumpleaños de Key.
Mieeeeeer…
—Hace unos años atrás dejamos de festejar —continúa explicando ella—, para respetar la memoria de Emilia, pero Mia y Rosie decidieron que era hora de dejar de lamentarlo y verlo como una celebración a lo que fue de su vida. Por eso Key no se queja de las fiestas, porque sabe que Mia necesitaba ese pequeño gesto de él.
Trago saliva, aún sin saber qué pensar de esa situación.
—Entiendo eso —digo con sinceridad, sin saber qué otra cosa decir—. Debió haberla destruido.
Pam asiente con la cabeza.
—Ellas nunca quisieron decir la razón del por qué Emilia se suicidó, nadie lo sabe en realidad. Lo mantienen todavía en secreto.
Desvío la mirada, mordiéndome el labio.
—Pero, oye —dice Pam en tono más alegre, tomándome del brazo—. Todo está bien ahora, solo te lo digo para que no te sorprendas cuando ese momento pase, porque ten por seguro que pasará.
Muerdo con más fuerza mi labio, sintiéndome repentinamente molesta al pensar en que Key besará de nuevo a Mia. Si veo sus labios tocando los de ella… voy a poner agua de retrete en su bebida de aquí a año nuevo.
—No te preocupes —dice Pam, restándole importancia al asunto—. Tampoco creo que la vaya a besar en la boca; mi hermano no sería tan idiota. Además, Rosie, la hermana menor de Mia, también vendrá. Ella es más amable que Mia, créeme, te va a caer bien. Cuando ella está cerca, Mia se controla de forma muy significativa.
—Presiento que no me puede caer bien nadie de esa familia —digo entre un largo suspiro—. Entenderé si Key decide hacerlo, pero si llega a tocar sus labios, puedo prometer que lo castro de una vez.
Pam me toma de la mano, sonriendo con pesar.
—Lamento todo esto, en caso que suceda. No creo que haya beso en la boca, sabiendo que le gustas tanto a Key, dudo que haga algo como eso. Tranquilízate.
—De acuerdo —digo—. Prometo que voy a tranquilizarme… pero si lo veo besándola…
—Tienes incluso mi permiso para castrarlo de una vez. Y a ella también, si quieres.
Intentó demostrar que no me importa, pero duele el simple hecho de pensar en que puede suceder.
Veo a Pam apretar sus labios, mostrando simpatía por lo que sabe que sucederá sin falta. Conociendo a Key, lo poco que lo hago, sé sin dudar que se sentirá responsable de hacerlo, responsable de besarla.
Tengo que dejarle unas cuantas cosas en claro a Mia, es tiempo ya para que lo deje ir. No entiendo por qué su insistencia en volver, pero hoy será el día de averiguarlo.
—Es mejor que bajemos pronto —dice Pam repentinamente, borrando el estado de ánimo sombrío—. Es hora que Key vea el vestido criminal que estás usando.
Asiento con la cabeza, pensando en si de verdad quiero ver a Key besando a su ex novia. Él debería encontrar otra cosa para conmemorar la memoria de la hermana de Mia, no de esa forma.
Pam me agarra del brazo cuando ve que no me muevo.
—Vamos —me dice—, te ves radiante.
Entonces salimos de la habitación, en dirección a la planta baja en donde la música ya lleva demasiado tiempo sonando fuerte y ruidosa.
—¿Estás segura que solo son unos pocos invitados? —pregunto mientras me agarro de su brazo para no tropezar y caer.
Ella asiente con la cabeza.
—Totalmente segura. Fiesta privada, ¿recuerdas?
—Esa música no suena para nada a privado. Suena a “llamaremos a la policía en media hora porque se va a descontrolar”
—Es un DJ local y le gusta tocar música ruidosa. Es muy bueno, pero de verdad, te aseguro, es una fiesta pequeña.
Trago saliva, ignorando a las pocas personas que se besan sobre las escaleras. Hay una chica siendo tocada en el trasero justo frente a nuestras narices. ¡Qué poca decencia!
Tal vez la noto mucho porque Pam me anima a seguirme moviendo.
—Esa era Donna —dice ella—, es la prima promiscua que nunca falta en las familias. Ahora, quédate aquí. Iré primero y llamaré a mi hermano para que te vea descender por lo que falta de gradas. Será algo sexy e inolvidable.
—Bien, haré lo mejor que pueda para que tropezar y romperme el cuello sea algo sexy e inolvidable para los invitados.
—No seas dramática, ¿qué es lo peor que podría pasar? Espera aquí que yo traigo a mi hermano.
Veo a Pam descender por las escaleras, luciendo confiada en sus zapatos altos y su vestido color dorado. Luce hermosa, y aunque me cueste admitirlo, también yo me veo bien.
Pasa una eternidad hasta que finalmente veo a Pam de nuevo, haciéndome señas desde abajo para que la acompañe; ella se aleja lo más rápido posible para darme espacio y poder caminar sola.
Mientras voy descendiendo, tratando de hacer poses sexys para disimular mi falta de equilibrio, noto a la multitud de gente que se mueve por todo el lugar. Tengo una buena vista de la sala, ahora desprovista de todos los muebles, llena de personas bailando al ritmo de la música ruidosa.
¿Entonces esto es lo que ella considera privado y con poca gente? ¡Hay cerca de cien personas bailando en el mismo lugar!
Veo luces estrambóticas ubicadas estratégicamente en todo el lugar, incluso logran sincronizarse con el ritmo de la música; también noto al DJ en una esquina, agitando su cabeza mientras reproduce una mezcla que se me hace vagamente conocida.
Mis ojos también encuentran a Key, él está esperando al pie de las gradas, bebiendo algo de un vaso plástico rojo. Sus ojos escanean la multitud mientras mira con aburrimiento a las personas que lo felicitan y pasan a su lado.
Él luce muy atractivo, peinado con el cabello hacia atrás, usando ropa negra bastante casual. No se parece en nada al vaquero de esta mañana.
Después de unos segundos de observar a los demás, finalmente alza la vista y, sus ojos, desde ese momento, solo me pertenecen a mí.
Tal vez no fue nada malo usar el vestido rojo después de todo, no cuando noto la mirada de total adoración en la cara de Key, o cuando deja caer su vaso al suelo, salpicando a una chica ubicada cerca de él sin darse cuenta. Lograr ese efecto en alguien es… invaluable.
Al final Pam tiene razón: él parece una estatua que no se mueve ni parpadea. De verdad, no ha parpadeado en más de quince segundos mientras me ve descender. No ha siquiera cerrado la boca mientras me mira de pies a cabeza de manera muy sutil y apreciativa.
Sonrío con suficiencia, sabiendo que solo tiene ojos para mí, y él sabe que yo lo sé.
Oh, está noche será muy divertida.



Key

Rita es todo piernas interminables y curvas marcadas. No lo había notado antes con mucha precisión, pero ahora soy muy consciente de ello, yo y otros muchos pares de ojos que también la devoran de pies a cabeza.
Creo que mi boca está abierta y mis ojos no se han tomado la molestia de parpadear para no perderse de ningún detalle de ella, bajando las gradas con un movimiento fluido y sensual. Incluso combina sus pasos con el ritmo de la música; tal vez no se dé cuenta de lo que me está haciendo, pero justo ahora me está costando pensar en algo más que no sea ella.
Rita sonríe al verme, de seguro lo hace por la cara de estúpido que estoy poniendo, o tal vez por mis ojos que comienzan a secarse por la falta de parpadeo.
Como sea, ella sí que sabe cómo llamar mi atención.
—Parpadea un poco, vaquero —dice cuando llega al último escalón—. Parece que fuiste poseído. ¿Patch se apoderó de tu cuerpo? ¿Hola? ¿Patch, estás allí?
Finalmente parpadeo ante sus palabras.
—¿Qué? No, estoy bien.
—Claro, y podría hacer todo un río con tu baba.
Sonrío, sabiendo que a ella le debe encantar verme en este estado.
¡Desordena por completo mis pensamientos y no tengo ningún control sobre ellos!
—Te ves… —me quedo sin palabras, trago saliva, intentando decir algo— realmente no sé ni mi nombre en estos momentos. Estoy en blanco… o mejor dicho estoy en rojo.
Rita eleva su ceja, divertida con todo el asunto.
—Te llamas Keyton Higinio, y al menos yo nunca podría olvidar tu nombre, rima con papel higiénico, ¿lo sabías?
—Ya he oído la broma antes —digo, haciendo una mueca. Gracias a Pam por hacerme comprarle la bendita crema humectante con mi tarjeta de crédito y no la suya—. ¿Te he dicho ya que luces bien?
—No me canso de oírlo, gracias —dice ella— pero mejor se lo dices a Pam, ella eligió todo esto por mí hoy.
Trago saliva de nuevo, sabiendo muy bien que pareceré pervertido si no dejo de verla.
—Bravo, Pam. Se lució —admito—. Ahora dime, ¿quieres una bebida o algo?
Me obligo a apartar la mirada, aunque no puedo evitar que mis ojos regresen a los de ella.
La veo asentir con la cabeza.
—Claro, me vendría bien una bebida justo ahora. Pero, espera, ¿mis hermanos lograron venir a la fiesta? No quiero encontrar a Russell con una bebida alcohólica en la mano, tiene apenas dieciséis años.
—No tienes de qué preocuparte —respondo—. Ellos están aquí; vinieron hace unos quince minutos, yo fui personalmente por tu familia. Tu papá y tu abuelo beben afuera junto a mis padres, y tus hermanos menores bailan en la pista de baile improvisada. Además, no tienes que preocuparte por el alcohol porque aquí adentro solo se sirven refrescos.
Frunzo el ceño.
—Pero el alcohol era la parte divertida de la fiesta —murmura Rita, haciendo pucheros—, solo no quiero que Russell pruebe algo de eso ahora.
—Tranquila, Patchie —la calmo—. Puedes ir afuera en cualquier momento a pedir algo, pero eso sí, mis padres monopolizaron todo el alcohol. Todas las bebidas que pidas afuera, se quedan afuera. Créeme, su sistema es infalible. Con mis hermanos intentamos vencerlos cuando éramos menores de edad, y las cosas no salieron muy bien.
Veo cómo ella asiente con la cabeza, pareciendo más tranquila ante la idea.
—Muy bien, cumpleañero —dice finalmente—, vamos a celebrar en grande.
—¿A lo grande? Cuenta conmigo.
La tomo de la mano y al instante siento cómo su palma suda contra la mía, de seguro nerviosa.
—¿Tengo que dibujar otra equis en tu mano? —pregunto en su oído—. Porque te aseguro que aún queda más pintura roja bajo las gradas.
—No es necesario —dice ella, entonces me enseña su mano derecha, la que no estoy sosteniendo, y me muestra una diminuta equis dibujada con lápiz tinta.
—¿La hiciste tú? —pregunto.
Ella se encoge de hombros.
—Como que me vendiste la idea de la x.
—Dicen que soy un gran vendedor. Algún día me dedicaré a vender ovejas, ojalá no te vayas a avergonzar de mí y mi profesión.
—Jamás. Ve a perseguir tu sueño con las ovejas, si eso es lo que más deseas.
—En realidad —comento—, lo que más deseo en este momento es sacarte a bailar. ¿Puedo? ¿O necesitas con urgencia esa bebida?
Rita niega con la cabeza.
—No la necesito, pero eso sí, bailaré con tal y no te vayas a avergonzar de mis pasos. No he mejorado para nada desde la última vez que bailaste conmigo.
—¿Ni siquiera con la clase de salsa erótica?
Rita ríe con fuerza, provocando mi propia risa.
—Para nada —dice finalmente—, y solo asistí a una clase.
En el camino, varios amigos y familiares se acercan para saludarme; algunos observan más de lo estrictamente permitido en dirección a las piernas de Rita, pero creo que mi mirada de tipo caníbal los ahuyenta a todos… Eso, o la mirada de asesina que Rita pone cada vez que los atrapa viéndola.
Creo que es más por lo segundo.
Pasamos por un grupo de primos a los cuales debo saludar, y que precisamente cargan regalos, y tengo que señalarles la mesa especial para los obsequios.
Rita también siente curiosidad por ver cuántos llevo hasta ahora, y la cantidad la deja abrumada por un momento.
Mi rostro se pone de color rojo.
—¿Qué pasa? —digo cuando noto que ambas de sus cejas se elevan demasiado.
—Jum —dice—, había olvidado por un momento que tenías bastante dinero.
—¿Estás discriminándome acaso?
—No, no es eso. Es que jamás había visto una mesa tan llena de regalos… tengo envidia, y unas ganas interminables de abrirlos con mis propias manos para ver qué cosas exóticas hay.
Ahora el que ríe soy yo.
—Dejaré que abras algunos regalos a cambio de que bailes conmigo.
—¡Trato! —grita, emocionada—. ¿Qué cosas crees que te regala la gente?
—Pues el abuelo Johny siempre me manda un limpiador de nariz portátil —respondo encogiéndome de hombros—. Dice que nunca es suficiente para mantener una nariz impecable.
—Tu abuelo es muy sabio —responde ella—. El mío me da una nueva navaja cada año, grabada con mis iniciales y un paquete de cigarrillos.
—Eso sí es útil.
—No fumo.
—Igual es útil.
—Dime —dice ella, tratando de sonar casual—. ¿Tiendes a ser un fumador, Sr. Higinio?
—¡Basta! —digo, avergonzado—. Deja de llamarme así, pasé años fingiendo que ese no era mi nombre.
Ella se ríe con fuerza.
—Pues toca aguantarse —responde, encogiéndose de hombros—. Tenemos los nombres que debemos tener, no podemos cambiarlos.
Resoplo al escucharla.
—Habla la que se hizo llamar Andrea Cipriano cuando la conocí.
—¡Eso es solo en los foros!
—Cierto —estoy de acuerdo—, en el foro Violemos a Patch. Recuérdame unirme para esta semana.
—Ni se te vaya a ocurrir. Ese foro es como mi secreta obsesión.
—Entonces sugiero que borres de tu mente mi segundo nombre… y también el primero. Llámame simplemente Key.
Rita rueda sus ojos, pero sonríe con diversión.
—Está bien, simplemente Key, ¿bailamos ya?
Asiento con la cabeza, señalando un lugar vacío.
Juntos avanzamos a la pista de baile, los cuerpos apretados se mueven a nuestro alrededor a medida que caminamos. Rita aprieta mi brazo con más fuerza, evitando ser golpeada por los salvajes movimientos de uno de mis primos, y pronto encontramos el sitio vacío donde poder bailar.
En poco tiempo ambos estamos bailando sin darnos cuenta; mi cuerpo siente el ritmo y sabe qué hacer, el de Rita… está perdido totalmente en su propio mundo.
Me rio en voz alta cuando noto que su paso del “limpia ventanas” no ha cambiado.
—Mueve los pies —grito en su oído—. Así como yo lo hago.
Le señalo mis pies y ella trata de imitarme… mientras sigue “limpiando ventanas” de adentro hacia afuera.
—¿Así? —pregunta.
—Un poco menos psicópata, pero sí. Trata de bajar las manos un poco porque parece que pidieras ayuda.
—Te dije que era pésima —grita mientras mueve las caderas y dobla las rodillas al mismo tiempo, haciendo un extraño paso al final, el paso de apagar cigarrillos con la punta del pie.
—De acuerdo —digo—. Eso es raro.
Señalo su movimiento y ella se detiene.
—Oye, solo sigo el consejo que una de mis amigas puso en su estado de Facebook: “Baila como si nadie te viera, canta como si nadie te escuchara y come tacos como si nadie te juzgara”.
—Creo que no iba así —niego con la cabeza—. Pero déjame enseñarte un poco.
—Esa es mi filosofía de vida —dice ella, defendiéndose—. ¿Qué me vas a enseñar? Creo mi “pisa cucarachas”, como lo llamaste aquella vez, es fenomenal para cualquier ocasión.
Ruedo los ojos mientras ella se pone a hacer el paso.
—¿Ves? —dice luego de unos instantes—. Nunca estará fuera de moda.
—Haré esto rápido, no me mates —digo, entonces llevo mis manos a su cintura y, rápidamente, bajan para acomodarse a sus caderas.
Casi de inmediato su mano está dando un manotazo en la mía.
—¡Rita! Te dije que no te alteraras.
—No, me dijiste que no te matara —grita ella—. ¿Qué haces, vaquero? Frena tus manos y abrocha bien tu hebilla porque no soy una chica fácil. Me gusta pensar que soy como una mariposa: hermosa para ver, difícil para atrapar.
—¿Otro estado de Facebook?
—¡Exacto!
—Bien, si quieres que te enseñe algo con ritmo, vas a tener que dejarme tocarte. ¿O quieres que dibuje otra x en tus caderas? Puedo dibujar una en las mías, para que sepas dónde pertenecen.
De inmediato el rostro de Rita se vuelve casi tan rojo como el vestido que usa. Probablemente me asesine mientras duermo por lo que acabo de decir.
—No puedo creer que dijeras eso —dice ella, su boca completamente abierta—. Eres un cerdo ordinario y barato.
—Me agradan los cerdos, y no son baratos, créeme; intenté comprar uno para criarlo pero fue muy caro. Ahora, ¿tengo permitido tocarte? Después de todo eres mi novia.
Ella eleva una de sus cejas.
—¿Eres mi novio ahora? Pues lo siento, no me has pedido nada.
Me muerdo el labio inferior, sabiendo que ella tiene razón.
—Déjame corregir eso: ¿te gustaría ser mi novia, Rita Fiorella Day? —pregunto luego de unos instantes—. Nada me gustaría más que me dieras una oportunidad para demostrarte que no todos los chicos somos como el cerdo de tu ex novio.
Veo a Rita apartar la mirada, luego vuelve a verme y sonríe, aunque trata de ocultarlo.
—Está bien —acepta—. Seremos novios y te dejaré tocar mis caderas, pero si intentas algo más…
—Ya sé, ya sé —murmuro—. Me vas a castrar, con todo y título médico oficial para realizar castraciones.
—Bien, dejando eso en claro, será mejor que continuemos bailando —dice ella.
Asiento con la cabeza, y lentamente vuelvo a acercar mis manos a sus caderas. Al instante ella golpea mis brazos.
—¡Rita!
—Lo siento —se lleva ambas manos a la boca—. Es por pura inercia, de verdad. Está vez prometo no hacerlo. Intenta de nuevo.
Entonces hago como ella dice y llevo, nuevamente, mis manos a sus caderas y comienzo a moverla al ritmo de la música. Tengo miedo que ella vaya a golpearme en la cara por lo atrevido de mi movimiento, pero no se está quejando.
—Ahora mueve un poco tus pies —sigo diciendo, mis manos no sueltan sus caderas mientras nos movemos suavemente con la música—. ¿Notas ahora la diferencia? Muévete como si estuviéramos en medio del mar y las olas nos arrastraran de un lado a otro. La velocidad con que te muevas va a depender del ritmo de la música, si es rápido, pues te mueves más rápido.
Mis manos siguen en sus caderas y es toda una sorpresa cuando las suyas van a mis hombros y sigue mi ritmo.
—¿Eso lo copiaste de algún estado de Facebook, también? —pregunta de mala gana.
—No, lo copié de una película.
—Quedó bien.
—Yo sé —sonríe de oreja a oreja—. Así, lo vas haciendo bien. Un poco más rápido porque tienes que seguir el ritmo de la canción.
—¿Lo hago bien así?
—Evita sacudir tus manos, mueve tus hombros hacia arriba.
Ella hace como le digo y comienza a sacudirse, esta vez con mucho más control que antes.
—Mis manos mueren por hacer el limpia vidrios —dice con nostalgia.
La suelto para darnos un poco de espacio y para poder verla a la cara.
—Entonces hazlo —digo sonriendo—, no quiero cambiar ninguna parte de lo que te hace ser quien eres.
Ella sonríe mientras me observa con lo que creo es su mirada de adoración.
—Pondré eso en mi estado de Facebook —dice.
Pronto ella se pone a hacer el “limpia ventanas”, moviéndose como si supiera lo que hace.
Es adorable.
—Es adictivo —dice después de un rato—. Deberías intentarlo.
—De acuerdo, trataré de intentarlo.
Entonces sonrío y empiezo a imitar alguno de sus pasos de baile.
Rita ríe en voz alta mientras me ve agitando las manos como ella suele hacerlo.
Ambos hacemos los movimientos al mismo tiempo.
—Déjame enseñarte ahora —dice ella—. Limpia a la derecha y luego a la izquierda, en contra de las manecillas del reloj. Ambas manos tienen que seguir el mismo sentido.
—Esto es fatal —confieso.
—¡Oye, no lo es! Aunque en ti sí que luce ridículo.
—También en ti.
Rita me saca la lengua, entonces yo saco la mía.
—¿Crees que es buen momento para que nuestras lenguas se toquen? —pregunto en su oído.
Y justo cuando pienso que me va a rodar los ojos o a hacer una negativa, me sorprende acercándose más a mí, observando directamente mi boca. La sorpresa aumenta cuando, de manera metódica y lenta, pega sus labios con los míos… y nos estamos besando. Mis manos la sostienen con fuerza mientras nuestras bocas se emocionan al mismo tiempo, su respiración se siente por todo mi rostro que arde en llamas.
Lastimosamente el beso acaba más rápido de lo que nos gustaría.
—Eso fue muy bueno —murmuro mientras sigo relamiendo mis labios—. Sería mejor si repitiéramos.
Rita sonríe, divertida por todo el asunto.
—Mejor sigamos bailando, vaquero —es todo lo que dice mientras me tortura con sus movimientos en la siguiente canción.


********


La noche trascurre sin ningún problema y sin ninguna señal de Mia. Todavía no he hablado con Rita respecto al homenaje que rendimos en honor a la hermana de Mia, Emilia. Pero no he tenido el tiempo necesario, en toda la noche, para decírselo. O tal vez no haya tenido el valor necesario. Como sea, ahora Rita está ordenándonos algunas bebidas mientras regaña a su abuelo por querer desvestirse en público y le exige a su padre que beba menos.
Aunque sé que en el fondo Mia vendrá, sé que ella aparecerá. Lo presiento demasiado, sé que le importa el pequeño homenaje que hago para ella y su hermana. Así que es toda una sorpresa cuando, pasados unos instantes, veo a Rosie caminar en mi dirección.
Lleva un vestido blanco casi transparente y sonríe mucho al verme. Levanta su mano para saludarme y, justo cuando está a pocos centímetros de distancia, siento otra mano ir directo a mi rostro, dedos envolviéndose en mi mentón. Es Rita quien me sostiene mientras, de la nada, planta un beso en mi boca. Es un beso al cual correspondo sin ningún problema e igualo en posesividad.
Por un momento olvido dónde estamos, hasta que escucho aplausos y silbidos por parte de la gente a nuestro alrededor. Entonces ambos, Rita y yo, nos retiramos de la boca del otro.
—Wow —murmuro—, eso fue algo.
—Creo que estoy ebria —sonríe ella—. Bueno, no tan ebria, pero como que estoy comenzando. Tus padres me invitaron a una bebida cada uno y no pude rechazarla… así que tal vez al finalizar la noche me tengas que cargar en brazos.
Sonrío de igual forma, mientras pronto escucho una garganta aclararse cerca de nosotros. Es Rosie.
Su cabello rubio se mueve con el viento mientras la veo llevar un vaso de plástico en la mano.
—Lamento interrumpir —dice ella, sonriéndole a Rita—. ¿Puedo hablar contigo, Key?
Rita la observa de pies a cabeza, frunciendo el ceño mientras Rosie hace lo mismo con ella.
—Claro que podemos hablar —digo—, pero Rita puede quedarse. Es mi novia, por si no lo sabías.
La cara de Rosie se transforma en sorpresa, y sus ojos aprecian a Rita con renovada intención. Al final sonríe, mostrando los dientes.
—Felicidades a los dos —comenta ella—, no lo sabía. Y no pienses que intento ser grosera ni nada, solo quería hablar a solas con Key para comentarle algo sobre mi hermana, Mia. Pero no me molesta en lo absoluto que seas parte de la conversación.
Rita sonríe, casi podrías decir que está fingiendo. Es algo extraño ya que Rosie suele caer bien a todas las personas, es alguien muy dulce.
—No nos hemos presentado formalmente —dice Rita, acercándose a Rosie para besar su mejilla—. Me llamo Rita, soy la novia de Key.
Me toma del brazo y sonríe de la misma forma que lo hace Rosie.
—Hola, Rita. Me llamo Rosie y soy la hermana menor de Mia. Supongo que ya debes de saber de ella —responde la susodicha—. Pero déjame decirte que ambos hacen una buena pareja. Parecen sacados directo de una portada de revista.
—Gracias —digo—, ¿podrías decirme ahora qué es lo que tenías que hablar conmigo?
—Claro —dice, sacudiendo la cabeza—. Era sobre Mia, y sobre lo que haces cada año por ella en estas fechas.
Su rostro se vuelve opaco mientras su mirada cae al suelo.
Habla del suicidio de su hermana, Emilia. Dicho suicidio que ocurrió en esta misma fecha.
—¿Qué ocurre con eso? —pregunto, sabiendo que Rita no debe saber de lo que hablamos.
—Pues que Mia no vendrá esta noche. Por eso vengo yo, porque ella finalmente decidió superar todo esto.
Sus palabras me dejan sorprendido, no sé cómo reaccionar. No sé si sentirme bien con eso, o si lo debo lamentar.
—Es una lástima —murmuro finalmente—, pero la entiendo. Es algo que siempre he hecho.
Rosie asiente con la cabeza, su rostro apenado.
—Lo siento mucho, Key —dice ella—. Creo que ella te causó mucho daño y es bueno para ambos esta separación. Además, creo que Rita te hace muy bien.
Sonríe en dirección a Rita.
—De acuerdo —digo luego de unos instantes—. ¿Piensas quedarte tú para la fiesta?
Rosie niega con la cabeza.
—No, no me quedaré. Pero solo te pido esto: eres libre de dejar a Emilia atrás también. Ella nunca fue tu responsabilidad, y fue un lindo gesto de tu parte que siempre pensaras en homenajearla en estas fechas —dice Rosie—. Pero siento que es hora que disfrutes de tu día sin que se vea manchado por un mal recuerdo.
Rita está callada a mi lado, observando en dirección a sus botas, luciendo pensativa.
—Gracias, Rosie. Lo aprecio —digo finalmente.
Ella asiente con la cabeza mientras se despide de nosotros.
—Solo eso quería venir a decirte —dice antes de irse—, para que no la esperes más.
Con esas últimas palabras se marcha sin mirar atrás.
Pasan unos minutos de silencio, Rita no ha soltado mi brazo en todo este tiempo.
—Lo siento —es lo primero que digo—. Lo siento por no haberte dicho todavía sobre Mia…
Ella levanta una mano para silenciarme.
—Lo entiendo —dice pasados unos segundos—. Pam me lo contó todo.
Resoplo con fuerza.
—Debí suponer que Pam te diría todo.
—No estoy enojada, si es lo que piensas. Solo puedo ponerme en tus zapatos y sé lo difícil de esta decisión. Mia lo fue todo para ti, y entiendo que quisieras apoyarla incluso con lo que pasó con su hermana.
Asiento con la cabeza.
—Ella lo fue todo… pero ya no lo es más —digo—. Y aunque ella hubiera aparecido esta noche, nunca la hubiera besado, si es que eso fue lo que te contaron mis hermanas. Es algo insignificante y pequeño que hacía por ella. Pero yo nunca haría algo que te dañaría a propósito. Jamás.
Rita suspira, sonriendo levemente.
—Eres todo un romántico, Keyton Higi… ups, olvidé que ese no es más tu nombre.
—Para ti puedo serlo —digo de mala gana—. Pero no lo menciones delante de la gente, tengo una reputación que cuidar.
Rita sonríe en grande esta vez, apretando mi brazo y ubicando su cabeza en mi hombro.
—¿Cómo te sientes con lo de Mia? —pregunta pasados unos minutos. Ambos buscando calor en el otro mientras una brisa fría viene con el viento.
—Me siento… libre. Bien, de hecho. Creo que todo está tomando forma y es como tiene que ser.
—Es bueno escucharlo —dice Rita—. Y para cambiar de tema… aquí tienes.
Ella suelta mi brazo y pronto la veo extendiendo su mano para darme una pequeña caja envuelta con papel de regalo.
—¿Me compraste algo? —pregunto, muriendo por abrirlo.
—Así es —responde ella—. Fue mientras iba de compras con tu hermana. Fue algo apresurado, y sé que es de poco valor, pero tu hermana me mencionó que te gustaban estas cosas así que…
Ella me señala el regalo y me insiste para que lo abra.
Rápidamente lo desenvuelvo y quito el listón azul que lo cubría.
Abro la caja y noto que es… ¿un llavero? Y no cualquier llavero, es uno con la figura de dos peras dándose un beso.
Me rio con ganas.
—No te burles —dice Rita—. Tu hermana me dijo que tenías cierta obsesión por las figuras de pera, y este llavero estaba justo al alcance así que lo compre para ti. Sé que es algo insignificante y nunca se le comparará al limpiador de nariz, pero fue algo de último minuto. Además, noté todas las cosas raras de peras que tienes en tu casa y decidí traerlo para tu colección.
Mi risa se hace más fuerte, casi derramando lágrimas.
Pam es una jodida de mente peligrosa y Rita ni siquiera sospecha nada.
—Había otro más bonito —añade ella, contagiada con el humor de mi risa—. Era una de pera besando a una manzana, pero tu hermana se puso frenética y casi arranca mi mano cuando me vio tomarla. Me amenazó con no llevar esa. ¿Tienes alguna idea de por qué?
Me encojo de hombros, sin querer delatar a mis hermanas.
—Soy algo alérgico a las manzanas —murmuro finalmente—. Pero, de verdad, aprecio mucho tu regalo. Es más, lo usaré en este mismo instante.
Saco las llaves de mi vehículo, las que guardo en el bolsillo del pantalón, y empiezo con la labor de colocar el llavero en su sitio.
—Me encanta tu regalo —digo con una amplia sonrisa—. Y sí, me gustan mucho las cosas de peras.
Rita sonríe, mostrando todos sus dientes.
—Este es tu nuestro primer regalo en pareja —digo, agitando mis manos cuando otra brisa helada nos hace estremecer—. Quizás las peras sean lo nuestro.
—Eres más raro de lo que creía —murmura ella—. Y eso me encanta. Pero ahora, vamos, entremos que está haciendo frío.
Con eso ella toma mi mano, y juntos nos dirigimos hacia el interior de la casa.



*******

Creo que Rita ha bebido demasiado. Pero no importa porque creo que yo también lo he hecho.
Para cuando es cerca de la medianoche, y como es tradición, mis hermanas me llevan el pastel para que dé el último discurso de la noche.
Usualmente estaría también dedicando unas palabras en honor a la hermana de Mia, pero por primera vez en la vida, siento que ella ya no es mi responsabilidad para ser cuidada. Mia ya será de alguien más para cuidar y dedicar amor. Ese ya no puedo ser yo, no cuando tengo a la loca amante de los patos sentada junto a mí, delirando sobre lavar calzoncillos y quejándose cuando ve a su hermano menor, Rowen, corriendo por el exceso de azúcar junto con otros niños de su edad.
Veo el gran número veintitrés que decora la parte superior del pastel que siempre encarga mamá para mí; ella y Rita han estado hablando casi toda la noche, antes que ella decidiera beber más.
Puedo decir que Rita no es tan mala con esto de las relaciones, y su regalo, aunque pequeño, fue muy gratificante. Eso y verla vestida de la manera en la que está ahora.
Pam pronto trae el enorme pastel con la ayuda de varios chicos que coquetean con ella.
Deposita el pastel frente a mí, y me obliga a ponerme de pie mientras todos se reúnen a mi alrededor.
La música se detiene por completo, y alguien logra pasarme un micrófono para que hable.
Desde donde estoy puedo contar las veintitrés velas en el pastel, sonrío cuando veo a Rita murmurar sobre ver el pastel envuelto en llamas.
Decido terminar pronto por la noche, así que me aclaro la garganta y decido comenzar a hablar.
—Gracias a todos y todas por venir —comienzo, mi voz suena ronca—. Sé que somos una familia numerosa, pero siempre logramos reunirnos a tiempo para celebrar momentos como estos.
Mis ojos atrapan los de Rita, viéndome fijamente.
—Tengo a todas las personas especiales justo aquí, a mi lado —continúo—. Y no puedo estar más que agradecido con la vida por darme a cada uno de ustedes, con todo y sus actitudes molestas, y aunque solo vinieran para abusar de mi pastel.
Varios ríen en el fondo, molestando con sus celulares para grabar el momento.
Es aquí cuando abro la boca y me quedo sin palabras. Usualmente mencionaría algo sobre la memoria de Emilia, creo que mi familia ya está tan acostumbrada a eso, así que es algo nuevo cuando omito decir algo al respecto.
—Así que lo único que puedo pedir es que disfruten de lo que queda de la fiesta porque está a punto de acabar —grito la última parte, en mi estado de semi ebriedad.
Mi familia y amigos aplauden, incluso puedo ver a Adam en la parte de atrás de la habitación mientras levanta su vaso de bebida en el aire. Todos piden que sople las velas y pida un deseo, así que cierro los ojos y deseo.
No sé qué desear al principio, pero cuando siento la mano de Rita tomando la mía, deseo simplemente una oportunidad. Tan solo una para esta vez no equivocarme de persona, así como me equivoqué en el pasado, aunque algo me dice que no me voy a arrepentir.
Es allí cuando abro los ojos, y en medio de un mar de caras conocidas y sonrientes, descubro el único rostro solitario.
Es ella, es Mia, y me está viendo con una tristeza que casi hace que me ponga sobrio de golpe.
Trato de inclinar mi rostro, para asegurarme que no sea producto de mi culpa o del alcohol, pero es verdaderamente ella la que se encuentra de pie en medio de la multitud. Incluso puedo ver sus ojos rojos a esta distancia, una solitaria lágrima recorre su mejilla, y solo así me siento más culpable de lo que nunca me sentí en la vida.
Las personas comienzan a dispersarse, algunos para bailar y otros para seguir esperar su parte del pastel que se supone debo cortar. Pero mis ojos siguen fijos en Mia, observándome con tristeza escrita por todo el rostro; y antes de verla desaparecer en medio de la gente, pienso en por qué Rosie mentiría y me diría que ella no iba a venir.
Tengo que recordar que ella ya no es mi responsabilidad y que no debo sentirme culpable al respecto, pero admito que dejarla ir duele por unos momentos. No porque piense en volver a revivir lo nuestro, sino porque presiento que esto no traerá nada bueno.
Espero estar delirando como Rita hace, porque no quiero tener la razón al respecto.
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06 abril 2017

PFQMG - Cap. 20 - Cómo sacaste mi lado romántico

Rita

Siento lástima por Mia.
Bueno, solo un poco. Pero siendo realista sé lo feo que se siente cuando alguien elige a otra persona por sobre ti; aunque ella también eligió a alguien más por sobre Key, haciendo que ahora se arrepienta por sus decisiones. Ella ya tuvo su oportunidad con Key y la dejó escapar, ahora es mi turno y yo no dejaría de lado lo que sentía por él, solo quería dejárselo en claro.
Todos vemos cómo Mia se marcha corriendo, lágrimas corren por su cara pero nadie la detiene, ni siquiera Key. Una parte de mí espera que corra tras ella, así que es realmente increíble ver que él no lo hace sino que se acerca más a mi lado.
—¿Las vas a dejar irse? —le pregunto—. ¿Incluso en ese estado?
—Ella ya no es mi responsabilidad —murmura él—, es responsabilidad de alguien más. Ya entendí que debo dejarla ir.
—¿La dejaste ir entonces?
—Ya dije lo que siento por ti, Rita. ¿Quieres que lo escriba en algún lado para que te convenzas?
Niego con la cabeza. Le creo.
—Supongo que ya dije todo lo que tenía que decir —dice él, pasando su brazo por mis hombros, ese contacto poniéndome nerviosa.
Rara vez me pongo nerviosa, no sé si quiera que se repita esa sensación. Me aparto de su lado, un poco cohibida.
—Yo también dije todo lo que quería decir —digo—. No sé qué harás con todas esas palabras, pero…
—¿Qué haré? —me interrumpe él—. Haré lo que quiera, como esto.
Sus manos alcanzan mis hombros y suben por mi nuca, en un rápido movimiento pega su boca contra la mía.
Presiento que es algo que nos gusta hacer a ambos.
Su beso me da la confianza que momentáneamente perdí.
Como si fuera una batalla, mis manos también se apresuran a ir tras su nuca, imprimiendo fuerza al beso; no es hasta que escuchamos una garganta aclararse que recuerdo a sus hermanas detrás de nosotros. Intento alejarme, pero Key me detiene.
—Son solo mis hermanas —dice él—, no son importantes. No te detengas.
Sus palabras son dichas entre beso y beso, y yo les hago caso.
—Eileen —escucho que dice Pam—, esto se está convirtiendo en un evento porno. Vámonos.
—Es asqueroso e hipnotizante ver esto —responde ella—. No se olviden, tortolitos, que mañana es la gran fiesta.
Con eso creo que ellas desaparecen, dejándonos solos.
Soy la primera en romper el beso.
—Eso no fue para nada incómodo —digo de manera sarcástica—. Tus hermanas creerán que abuso de ti.
—Que piensen lo que quieran —se encoge de hombros.
Veo que intenta tomar mi mano con la suya, pero al instante que ambas manos se encuentran, siento la necesidad de retirarla.
—¿Qué pasa? —pregunta Key—. ¿Por qué no dejas que te tome de la mano?
Intento balbucear una idea coherente para darle a entender lo que siento, pero no me sale nada de la boca.
—¿Qué es? —intenta tomar mi mano de nuevo.
Suspiro de manera cansada.
—Lo siento —explico—, siento cosas extrañas cuando me tomas de la mano. No sé si puedas entenderme, pero parece algo personal e íntimo.
—¿Más íntimo que un beso, o un beso con lengua?
Asiento con la cabeza.
—Todavía más, lo siento. Sé que es ridículo pero hace mucho tiempo ya que no se me acelera tanto el corazón… y no sé si quiera volver a sentir lo mismo.
Key sonríe como si le hubiera contado el secreto mejor guardado del mundo.
—Entiendo la sensación —dice—. Tienes miedo de volver a amar, de bajar la guardia y que te guste alguien para que después te rompan el corazón, ¿cierto?
Asiento con la cabeza, dándole la razón.
—Es algo tonto, y sé que acabo de arriesgarme justo ahora. Pero no sé si debo dejarlo seguir.
—Está bien. Lo entiendo, ¿qué te parece si hacemos algo?
—¿Algo como qué?
Me toma de la mano en contra de mi voluntad, arrastrándome hacia el interior de la enorme casa.
Cuando pienso que me va a conducir al lugar de siempre, me sorprende caminando directo a una puerta escondida bajo las escaleras.
—¿Qué vas a hacer? —pregunto con curiosidad—, ¿me vas a dar tratamiento al estilo Harry Potter? ¿Me vas a dejar bajo las gradas?
—No tienes tanta suerte, cállate y deja de hablar.
—No eres mi jefe para que me des órdenes.
—Ni aunque lo fuera; apuesto a que el pobre tipo te tiene miedo.
—Debería.
Abre la puerta y enciende una el interruptor del lado derecho, iluminando lo que parece ser una bodega de lujo. No sabía que las bodegas podían verse así de organizadas y modernas.
Key entra y empieza a rebuscar entre una sección de cajas apiladas por color.
—Aquí está —murmura él luego de unos minutos—. Esto será para cuando te sientas perdida y los sentimientos te superen y tengas dudas.
Levanta un juego de pinceles y un botecito de pintura color rojo sangre.
Lo único que puedo hacer es elevar mi ceja, sin saber muy bien qué trama con todo eso.
—Todavía no he desarrollado poderes de lectura mental —digo—. ¿Podrías decirme lo que intentas hacer?
Abre la tapadera del botecito de pintura y empapa un pincel con el apasionado e intenso color rojo.
—Dame tu mano —dice.
—¿Para qué? Creo que estoy asustada de esa actitud tuya.
Key rueda los ojos, haciéndome señas para que le pase mi mano.
Hago lo mismo y se la paso.
Pronto dibuja una equis en mi mano derecha.
—¿Qué intentas probar con esto? —pregunto.
Key se limita a sonreír y pronto dibuja una equis en su mano izquierda. Una vez terminada, la levanta para que aprecie su obra maestra. Ahora ambos tenemos la X marcada en nuestras manos.
—A veces creo que estás más loco de lo que yo lo estoy —digo mientras ruedo los ojos.
—Es una equis —dice él con orgullo—, porque la X siempre marca el lugar, Rita. La dibujé en tu mano y en la mía para que ambas encuentren su camino. Así sabrás a dónde pertenece.
Sonrío, con mi rostro empezando a colorearse.
—Recuerda —murmura—, es para cuando te sientas perdida y los sentimientos te superen.
Eso es… realmente lindo.
Sonrío sin decir palabra alguna. No lo necesitamos.
Me acerco a su boca y lo beso con renovada actitud; él responde a mi beso y me estrecha entre sus brazos.
—A veces puedes llegar a ser muy tierno —digo cuando nos separamos, lo tomo de las mejillas.
No se lo diré nunca, pero se ganó un pedacito de mi corazón con ese gesto.
—Estoy a sus órdenes, querida dama.
Entonces lo vuelvo a besar, solo porque puedo y se me da la gana. Lo beso por sus estúpidas equis que me derritieron por dentro, y por su lado enloquecido que entiende a la perfección el mío.
Lo beso porque sí, y es agradable dejarse llevar de vez en cuando. Se siente bien intentarlo de una vez por todas.



******

Estoy feliz.
Siento que estoy caminando en las nubes y toda esa mierda cursi de la que tanto intenté huir por largo tiempo. Pero es cierto, creo que hasta canto en la ducha y yo no suelo hacerlo.
Hoy es el cumpleaños de Key, aunque no sé muy bien qué somos él y yo en este momento. ¿Somos novios? ¿Somos amigos que se están dando una oportunidad a conocerse? ¿Somos amantes?
No tengo ni la menor idea y no me importa, aunque espero que, por su bien y el de sus bolas, seamos exclusivos.
Escuchar a Key decir que yo le gustaba fue toda una agradable sorpresa, la mayoría de hombres ya estaría asustado de tratar con alguien como yo y como mi familia de necesidades especiales. Siempre pensé que ese día nunca llegaría, porque vamos, lo admito: soy alguien sumamente difícil de complacer.
Pero él ha sabido manejarme a la perfección, con toda mi locura incluida.
Creo que no he dejado de sonreír como payaso, y esta mañana dibujé una pequeña equis con lápiz tinta en mi mano derecha para reemplazar la otra que él había hecho con pintura. ¿Eso significa que estoy infectada de alguna enfermedad? Siento como si esta nueva Rita se está apoderando de mí y de mi lado romántico.
—Rita, ¿qué te pasa? —pregunta mi hermano menor, Rowen, esa mañana de lunes mientras come su desayuno—. Tu café se está derramando por el suelo.
Parpadeo por un momento, procesando sus palabras. Entonces noto que aún sostengo la cafetera con una mano mientras lleno la misma taza de café hasta que se desborda.
Me detengo con un chillido, corriendo por la cocina en busca de un trapo de limpieza para eliminar todo el café desperdiciado.
—Creo que Rita está enferma —dice Rowen en dirección a papá, ambos sentados en la mesa del comedor—. Anoche la escuché hablar dormida. Mencionó bastante a Key y de cómo le gustaban los calzoncillos de pato.
Me sonrojo gravemente.
Papá levanta la vista de su desayuno de huevos con tocino para observarme directamente a los ojos, el abuelo hace lo mismo desde su lado de la mesa del comedor. Si Russell estuviera despierto también haría lo mismo.
—Mira, enano glotón —lo amenazo mientras limpio el desastre de café—, que ésta sea la última vez que dices semejantes mentiras.
—¿Mentiras? —dice la pequeña rata— ¡Hasta el abuelo tuvo que correr a tu habitación porque estabas gritando alto!
—No es verdad, ¿abuelo?
El abuelo asiente con la cabeza mientras bebe de su café.
—Pensé que habías visto a un ladrón —responde él—. O que estabas siendo atacada… ¿Es Key tu novio de verdad ahora? Porque anoche lo gritabas con mucha energía. Incluso ahora te ves más radiante a pesar de la noche que nos hiciste pasar.
—¿Qué? ¿Acaso no puedo mantener un secreto oculto de ustedes?
—No cuando gritas dormida —responde él—. Mencionaste bastante al muchacho y algo sobre un beso con lengua; sonabas muy alegre también. Es bueno verte feliz y no siempre a la defensiva sobre tus valores feministas.
El calor se intensifica en mi rostro.
— No son valores feministas… y no estoy feliz. Bueno, no estoy feliz por las cosas que tú crees.
—Claro —dice él, guiñándome un ojo.
Suspiro exageradamente.
—De todas formas —cambio de tema—, ¿alguien sabe si Russell ya despertó?
—Russell está aquí —responde Russ, parado justo a un lado de nosotros, usando su uniforme escolar —. Si alguien no gritara mientras duerme sería grandioso. Gracias por no dejarme dormir, Rita.
—Lo siento —digo sin realmente recordar el haber gritado. Aunque sí, mi voz suena ronca, comprobando lo que ellos argumentan.
Russell me mira con el rostro serio.
Él es realmente guapo, y sé que desde ya está rompiendo corazones en sus clases. Tiene unos labios gruesos de color rosa, piel intacta y unas pestañas largas y curvadas que hasta yo envidio. Ojalá yo hubiera heredado sus genes y él hubiera heredado los míos, ¿estoy mal deseando eso?
 —¿Por qué me miras de esa forma? —le pregunto cuando noto que no deja de observarme desde la distancia—. Ya me disculpé.
—No puedo creer que tengas novio —dice, regañándome—. Nos dijiste que él no era nada tuyo.
—Es que sucedió ayer… y no sé realmente si somos novios.
—Pues los no novios no vienen temprano en la mañana cargando bolsas de comestibles —dice él, señalando la ventana detrás de nosotros.
Rápidamente volteo y observo a Key caminando hacia la entrada, cargando bolsas y bolsas con el logotipo de algún restaurante.
—¿Qué hace aquí? —me exige Russ.
—Oye, hijo —dice papá, calmándolo—. Tienes que darle un voto de confianza a tu hermana, ella tiene bien puesta su cabeza y no creo que haya que juzgar mal al chico, si lo eligió Rita sabes que tiene calidad garantizada. A mí me cae bien.
—No es un producto en venta —murmuro sin poder contenerme. ¿Calidad garantizada? ¿En serio?
Al parecer ambos me ignoran porque Russell sigue discutiendo con papá.
—Ese es el problema, papá. ¿Sabes que Rita puede llegar a casarse con él algún día? ¿Has pensado en eso? —le reclama mi hermano menor—. Si se casa nos va a abandonar a todos aquí.
—Russell no pienses eso —le respondo—. No es como si Key y yo fuéramos el amor eterno del otro. Simplemente le dije que me gustaba, y él me dijo que yo le gustaba también. No pienses en cosas que ni siquiera han sucedido.
—Nos vas a dejar…
Resoplo en voz alta, casi al mismo tiempo que el timbre de la puerta suena, silenciándonos a todos.
—Yo nunca los abandonaría —le digo—. No soy esa clase de persona que se transforme por un chico. Entiéndelo y deja tus inseguridades.
—¡Te vas a casar con él, te lo aseguro! —grita Russ.
—Siiiiiiii —aporta Rowen, derramando pedazos de su comida mientras habla con la boca llena—. Sería perfecto, PlayStation gratis todo el tiempo, ¿te imaginas?
El timbre suena una vez más y me pongo de pie para poder abrirle a Key. El abuelo se adelanta y me obliga a sentarme en mi lugar mientras él va hacia la puerta.
—No seas injusto, Russell —digo—. No me estoy casando con él; ya compórtate.
—Pero de seguro lo harás y te alejarás de nosotros, nos vas a dejar justo como mamá nos dejó.
Abro mi boca para asegurarle que yo nunca sería como nuestra madre, pero la voz de Key nos interrumpe a todos. Parece contento mientras carga las bolsas y las deposita sobre la mesa.
Russell se queda en silencio al verlo.
—Hola a todos —saluda Key a mis hermanos, dándoles el puño. Saluda también a mi papá con un apretón de manos—. ¿Interrumpo algo?
Me fijo en él de pies a cabeza, hoy luce más vaquero que nunca. Tiene puesta una camisa a cuadros de color rojo con azul, pantalones ajustados y faja con hebilla gigante que jamás le había visto.
—Interrumpes una pelea imaginaria —le contesto—. ¿Por qué el atuendo? Pareces más vaquero que ayer.
—Es que alguien me dijo que le gustaba con todo y mis gustos raros sobre la ropa —hace una reverencia en mi dirección— y decidí sacar mi mejor arsenal. ¿Cómo me veo?
Lo aprecio de pies a cabeza. Esos pantalones hacen maravillas por su trasero, y la camisa se ajusta perfectamente en los lugares correctos.
—¿Se van a casar mi hermana y tú? —pregunta Rowen, interrumpiendo lo que estaba a punto de decir—. Sería agradable porque así al fin tendré mi propia habitación.
—Rowen —lo regaño—. Basta ya con el tema.
—Si te casas con mi hermana será como casarte con el abuelo —dice Russell, sentándose junto a mí y señalando al abuelo que justo viene directo hacia nosotros, a punto de quitarse la camisa.
Las cejas de Key se elevan por lo alto mientras lo observa atentamente.
—¿Eso significa que Rita pasará sin camisa todo el tiempo? —pregunta Key, retóricamente—. Está bien para mí.
—¡Abuelo ponte la camisa! —lo regaño mientras procedo a husmear lo que sea de comida que haya traído Key—. Si pretendías que yo iba a pasar sin camisa, estás equivocado. Explícame ahora qué es todo esto.
Señalo la comida que desprende un olor delicioso.
Mi estómago despierta a la vida nuevamente.
—Te prometí comida decente para cuando te sintieras mejor —me responde él—. Aunque creo que vine tarde porque veo que ya están desayunando.
—Oh, no me molesta repetir —respondo mirando con hambre en dirección a unos deliciosos panqueques con arándanos y crema—. En mi otra vida nací con cuatro estómagos, así que la comida doble no es un problema. En serio, abuelo, la camisa. Ahora.
—Hace calor —se defiende él—. Que levante la mano aquel que le moleste verme sin camisa.
Nadie levanta la mano, solo yo.
—Traidores —les comento a todos. Rápidamente saco los panqueques y veo cómo papá, Russell y Rowen pelean por el resto.
—Nos contó un pajarito que Rita y tú eran novios, ¿es verdad? —le pregunta papá a Key.
¿Novios? Key ni siquiera me ha preguntado nada todavía. ¿O es que acaso ya no se preguntaban estas cosas? No tengo idea de cómo funciona el mundo moderno.
—Ella confesó que yo le gustaba —responde él, encogiéndose de hombros—. Entonces, al ver el valor y coraje que tuvo, le confesé que a mí también me gustaba ella. En especial si se parece en algo a su abuelo.
Guiña un ojo y mi rostro se vuelve rosa. ¿En serio? ¿Desde cuándo me sonrojo tanto?
Estúpido y atractivo Key, pero hacer comparaciones con el abuelo no es agradable.
—No soy nada como el abuelo —digo en mi defensa.
—Sí lo es —responde Rowen—. Le gusta cantar mientras se baña, según ella está cantando en coreano, pero en realidad es algún idioma inventado.
—Y tiene caspa —añade Russell—, mucha. Tiene que comprar tratamiento especial para el cabello.
—¡Oye, se me quitó el año pasado! —grito, golpeándolo en la nuca—. No les creas nada, son puras calumnias.
—La suspendieron del trabajo —continúa diciendo Russ—, quiso envenenar a una chica poniéndole restos de uñas y asquerosidades de sus pies.
—¡No eran de mis pies! —me defiendo—. No soy asquerosa… Bien, al menos no la mayoría del tiempo.
—Cuando era niña se comía la goma de mascar que estaba pegada bajo las mesas —continúa diciendo Russell.
—¡Oye, tenía cuatro años, pedazo de…!
—¿Estamos diciendo ahora las verdades sobre Rita? —interrumpe un muy confundido Rowen.
Russell asiente con la cabeza al mismo tiempo que yo niego.
—Oh, bueno —dice él—. Entonces déjame decirte que Rita tiene una obsesión con los jugadores de fútbol; no conoce a ninguno, pero igual dice que le atraen sus piernas musculosas.
—¿Puede alguien más ser el centro de conversación en esta mesa? —pregunto de mala gana—. Es cansado ser criticada por tus hermanos.
—A mí me parece interesante el tema de conversación —murmura Key—. ¿Qué más debo saber sobre su hermana? ¿Qué más le gusta?
—Le gusta hablar sola —responde papá, como si fuera un concurso sobre mi vida—. Y anoche creo que vivió el momento más emocionante de su vida porque no ha dejado de hablar sobre ti y sobre besos con lengua.
—Bien —los detengo, con mi rostro completamente rojo—. Basta ya de hablar solo de mí. No abrumen tanto a Key o lo van a asustar.
—Esa es la idea —dice Russell.
Lo fulmino con la mirada.
—¿No se te hace tarde para ir a clases? ¿A todos no se les hace tarde? —pregunto, observándolos uno a uno.
Russell se levanta de la mesa primero y revisa el reloj de pared.
—Vámonos Rowen —dice él con urgencia—, se nos hace tarde. Ya hablaremos más tarde sobre mi hermana.
Esto último se lo dice a Key, tendiéndole la mano para que él se la estreche.
Rowen se despide de mí con un beso muy salivoso, y luego hace lo mismo con papá y el abuelo.
—¿Vendrás mañana a hacernos compañía? —pregunta el pequeño a Key.
Key asiente con la cabeza.
—Aquí estaré, amiguito.
Se dan los puños y yo suspiro internamente.
No hay nada mejor que ver a un chico actuar de manera especial con un niño.
Es muy tierno.
—Me gusta tu atuendo el día de hoy —dice él cuando mis hermanos se han ido. Papá y el abuelo aún permanecen en la mesa, uno sin camisa y el otro ocupado devorando la comida.
Observo mi atuendo: camisa de pijama barata con hoyos en el cuello, pantaloncitos cortos y mis siempre únicos zapatos afelpados con forma de gatos.
—Gracias —respondo, coquetamente—, me gusta el tuyo.
Me regala una sonrisa que me deja babeando internamente. Hacerlo reír, aunque sea solo una pequeña sonrisa, es lo que hace mi día completo.
¿Estoy sonando cursi desde ya? Agg, no lo puedo evitar.
Basta de cursilerías, Rita. Basta.
Entonces, para mayor vergüenza, él encuentra con sus ojos el lugar exacto en donde dibujé esta mañana una pequeña equis en mi mano derecha.
Él sonríe, levantando su mano izquierda, enseñándome la pequeña equis que dibujó en la suya.
—La equis siempre marca el lugar, ¿cierto? —pregunta en mi dirección.
¿Puede mi rostro volverse más rojo?
Vamos, Rita. Supera esto ya.
Aclaro mi garganta mientras me concentro en comer la comida. Key procede a hablar, recordándome de algo importante que había olvidado por completo:
—Espero que hoy vayas a mi fiesta “sorpresa”. Se me olvidó antes decirles a tus hermanos que pueden asistir; ustedes también están invitados —dice esto último en dirección al abuelo y a papá—. Los adultos de la fiesta desaparecen todos juntos para tomar algunas bebidas más fuertes en el jardín.
A papá se le iluminan los ojos al escuchar la promesa de alcohol.
—¡Cuenta conmigo, muchacho! ¿Con qué ocasión se celebra la fiesta? —pregunta papá.
—Es mi cumpleaños —responde Key.
Soy la peor no novia del mundo. ¡Ni siquiera lo felicité todavía!
—Lo siento tanto —murmuro—, era lo primero que debía decirte hoy: ¡Felicidades, Keyton Higinio!
Me levanto de la mesa para darle un abrazo, uno que termina siendo incómodo cuando ninguno de los dos quiere soltarse.
Escucho al abuelo carraspear su garganta mientras bebe de su café.
Nos separamos al instante.
—Bien —murmuro—. Lastimosamente ayer eclipsaste mi día así que no pude comprar nada para ti.
Recordar el día de ayer me pone los pelos de punta. Key y yo actuamos como una pareja real, solo que esta vez era cierto, no teníamos que fingir y todo se dio de forma espontánea, tanto que a veces me asusta. Pero entonces recuerdo su tonta equis y todo vuelve a la normalidad.
—El mejor regalo ahora sería que aparecieras en mi fiesta —dice Key, pasando su brazo por mis hombros—. Y que me siguieras a mi auto porque te tengo una sorpresa. Bien, es una sorpresa obligatoria, pero… acompáñame para que veas de lo que hablo.
—¿Estoy bien para la ocasión? —pregunto, señalando mi ropa de dormir.
—Estás perfecta, vamos —me suelta para después tomar mi mano, y mi mano repentinamente suelta en sudor. ¡Me está tomando de la mano otra vez! —. Sr. Day, ¿puedo robar a su hija por un momento?
Papá sonríe.
—Claro, te la presto —dice sorbiendo más de su café.
—Y por lo de esta noche —continúa Key—, no se preocupen por el transporte que yo lo voy a proporcionar.
Papá asiente con la cabeza.
—Gracias, muchacho. Y feliz cumpleaños.
—Dile a Rita que se envuelva en un moño —sugiere el abuelo antes de retirarnos del comedor—. Ese sí que era un regalo en mis tiempos.
—No voy a hacer eso, abuelo —respondo mientras lo fulmino con la mirada.
El abuelo se encoge de hombros.
Saco a Key rápidamente de la casa de locos, y veo cómo me dirige hacia su vehículo.
No logramos llegar todo el camino porque a mitad estoy siendo emboscada por una chica quien me envuelve en un apretado abrazo. Es Pam.
—¿Cómo está mi nueva cuñada? —pregunta mientras me sonríe.
Todavía estoy algo molesta por lo de ayer, ¿cómo se le pudo ocurrir ponernos a competir a Mia y a mí?
—¿Eres la sorpresa obligatoria? —pregunto, elevando una de mis cejas.
—Sí, lo soy. Este día tú y yo saldremos juntas. Hoy es la fiesta de mi hermano y quiero que luzcas radiante, me han dicho que soy experta en moda.
—Pensé que siempre lucía como un rayo de sol.
Me cruzo de brazos, todavía molesta.
—Oye, Rita. Está bien, lo siento por lo de ayer, de verdad —dice ella—. Solo intentaba presionar un poco las cosas para acelerar todo entre mi hermano y tú. ¿Podrías perdonarme por favor?
Suspiro de mala gana. No puedo enojarme con ella por más tiempo; es demasiado adorable para eso.
—Estás perdonada —respondo—. ¿Ahora qué se supone que hacemos?
—Ahora dejamos a Key de lado porque es hora de las compras. ¿Piensas ir así?
Me mira de pies a cabeza.
—Deja que me dé un baño y luego te acompaño, ¿está bien?
—No te demores. Key, tú desaparece.
Observo atentamente a mi vaquero. Luce atractivo, mucho.
—Si sale una chica con rasgos asiáticos por esa puerta… —digo, señalando la casa vecina— es mejor que huyas porque esa es Lucy, tiende a emocionarse con los chicos y será mejor que no se emocione mucho contigo. Soy una persona un tanto posesiva.
—Lo he notado —murmura él.
Estoy a punto de entrar a cambiarme cuando me toma de la mano y me atrae para un beso.
Tal vez me pueda acostumbrar a esto.
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